lunes, 26 de enero de 2015

De vez en cuando

Hoy me he despertado con tu recuerdo enredado entre mis sábanas, ocupando el lugar que en mis sueños siempre ocupaste tú. Tu voz suena distorsionada en mi cabeza, como una alarma que me avisa de que estoy a punto de colapsar. Y es que, en estos momentos, pierdo lo poco que pueda tener de mí misma y me convierto en una autómata que respira porque no tiene más remedio.

Hubo un tiempo en que no sabía qué sucedería si te perdía, pero ahora al fin lo sé: nada. Sí, nada. Quedo relegada al vacío, como si tú y yo nunca hubiéramos existido-y puede que así fuera-, y mi vida se convierte en un agotador letargo del que no suelo librarme fácilmente.

En momentos como este, recuerdo el dolor. Recuerdo las noches sin dormir, dando vueltas porque me faltabas. Aquel vacío era diferente, porque al menos tenía algo agujereando constantemente mi pecho que me decía que estaba viva. Pero ahora no sé en qué me he convertido. Y en qué te convertiste tú. Mi pequeña, mi preciosa, la única persona a la que estoy segura de haber amado alguna vez, condenada al olvido constante, con alguna memoria ocasional que sale a flote, y que insisto en ahogar porque no quiero pensar en lo que en mi mente podríamos haber sido, pero nunca fuimos, ni seremos. Jamás.

De vez en cuando aún lloro porque te he perdido. De vez en cuando sigo llamando preciosa a cualquiera que ni de lejos se gana el nombre, pues la única que lleva ese apelativo sigues siendo tú. De vez en cuando me permito perderme en mis recuerdos, tiempo ha, y sigues estando ahí. Y trato de tocarte, pero se siente como atravesar la niebla. Porque ya no estás.

De vez en cuando sonrío al recibir alguno de tus mensajes, sonrisa que tan sólo es un fantasma de las que alguna vez te dediqué.

De vez en cuando, te pienso.

De vez en cuando, te evoco.

De vez en cuando, escucho tu voz en mi cabeza.

Para luego volver a mi vida normal y dejarte escondida en mi interior, porque ya no estás. Se acabó. Y yo he de continuar caminando, dejándote atrás.

Y ay, cuánto me duele, porque lo fuiste todo, y ya no sé qué eres. Ni lo quiero pensar.

lunes, 27 de octubre de 2014

Música

"Una vez le dijeron: ¿Qué significa la música para ti? Y ella respondió: es una extensión de mi cuerpo. Algo sin lo que no me imagino vivir.

Y le preguntaron: ¿Hasta dónde quieres llegar? Y ella contestó: quiero emocionar... quiero hacer que la gente sienta ese placer que yo siento. Quiero traerlos a mi mundo y que para ellos ya no haya vuelta atrás..."


Las teclas se hundían bajo la presión de sus dedos, agotadas, tratando de resistirse inútilmente a hacer sonar aquella melodía tan dulce que ya inundaba todo el lugar. Su técnica era maestra, y sus dedos, ágiles. No había errores, ni notas de más, ni siquiera era una melodía al azar. Parecía como si esa partitura hubiera sido creada específicamente para ella. Así lo sentía, y así lo percibían los demás, al verla sentada en la banqueta frente al imponente piano de cola del auditorio de la ciudad, moviendo las manos como si las teclas que tenía delante fueran una simple extensión de su cuerpo.

Para cuando la música dejó de salir de sus dedos, ella ni siquiera se había dado cuenta, hasta que escuchó el estruendo de los aplausos resonar por todo el lugar. Sólo entonces se levantó, avanzó hasta mirar de frente a su público y saludó con una sonrisa llena de felicidad, al ver que era escuchada, que su música servía para algo. Vio de lejos un par de rostros lacrimosos, y algo en su pecho comenzó a agitarse.


"Quiero hacer de la música mi medio de expresión, de desahogo, mi vida misma"

Quería preservar el arte y lo perdí

Yo quería pasar la tarde viendo cómo el tiempo se va volando entre semicorcheas. Quería golpear con mis dedos las teclas. Quería, simplemente, dejarme llevar. Quería disfrutar, cerrar los ojos, sentir, transmitir. Quería hacer magia... quería amar en clave de sol y fa, quería soñar en un triste y dulce modo menor, medir los latidos de mi corazón con espacios en el pentagrama... quería hacer tantas cosas, pero desperté y no tenía nada. El piano seguía frente a mí. Y yo seguía siendo yo. Pero mis manos no se movían... yo estaba paralizada. Y al final, segundo a segundo, figura a figura, la vida fue pasando, y llenándose de disonancia y melancolía. El vacío nunca pudo disolverse. Todo aquello que quise una vez se rompió, tal como mi voz. Y, sin apenas darme cuenta de cómo sucedió, yo ya estaba muerta, porque me acabé olvidando de aquello que más amaba... pensando que nunca lo lograría. Que simplemente no servía. Que por mucho que la amara, la música no estaba hecha para un ser como yo.

viernes, 22 de agosto de 2014

La muerte no es triste, lo triste es que la gente no sepa vivir

La gente NO sabe vivir. Desde pequeños estamos condenados al mismo destino: crecer, estudiar, trabajar para "ser algo en la vida", engordar al sistema con nuestro dinero y aguantar así hasta ser lo suficientemente viejos como para recibir una pensión. Después no queda más que morir. Y esto es la vida. Hay quien la tiñe con momentos de risas, de emoción, de felicidad pasajera. Pero al final todos acabamos viviendo para trabajar, como si fuéramos cerdos engordados para ir al matadero. Al final todos nos olvidamos de lo que un día quisimos, de vivir, de disfrutar, para pasar a sobrevivir. En un mundo donde importa más lo que puedas parecer que lo que puedas llegar a ser. Donde te fijas más en lo que hace el vecino que en lo que tú mismo estás haciendo. Paraos a pensar un momento si esta es la vida que queríais, y luego encogeos de hombros, seguid caminando unos detrás de otros, como si fuerais ovejas, y decid: "Es que esto es lo que hay".

Por mi parte, yo tampoco estoy conforme con todo esto. ¡Dios! Si retrocedo unos años y vuelvo a la época en la que apenas puedo dilucidar mi felicidad (si no fuera por remotos y aleatorios recuerdos que acuden a mi mente en esos momentos en que lo mejor que podría hacer sería irme a la cama, arroparme hasta las orejas y decir que mañana será otro día), puedo decir que mi vida no se asemeja ni de lejos a lo que un día quise ser. La de nadie, en realidad. Mirad atrás, y seguro que habéis acabado siendo completamente diferentes a vuestras antiguas aspiraciones. El tiempo nos cambia, y a mí me ha dejado un mal sabor de boca que aún estoy tratando de quitarme.


Es todo tan aburrido, tan insulso, tan ceniciento, que me planteo si de verdad esto va a ser así toda mi vida. Luego, cuando la lucidez vuelve a mí, pienso que en algún momento acabará, pero no gracias a algún milagro divino ni nada por el estilo. Seré yo quien acabe con lo que me oprime. He de ser yo y nadie más. He de salir yo, por mi propio pie, porque me pasaré la jodida vida dependiendo de otros si no lo hago. Estoy cansada y aburrida. Es hora de vivir, digo yo. QUIERO VIVIR. Dejar pasar el tiempo ya me tiene más que harta.


Fin de la transmisión. Un saludo.

Estoy viviendo por amor al arte

Las calles más bien se asemejan a esas marejadas que me gusta ir a ver por la tarde-noche. Un flujo de gente moviéndose, hacia arriba y hacia abajo, que no cesa hasta bien entrada la noche. Personas que van al trabajo, pensando en qué les tocará afrontar ese día para ganarse el pan. Personas que cruzan sin mirar, ajenas a la catástrofe que podrían causar, y ajenas al caos que ya han creado en su propia vida, pues se lanzaron a esta sin mirar primero qué había. El ciclo es siempre el mismo: naces, creces, cumples los 18 y pasas a ser una oveja más del sistema. ¿Qué otra cosa cabe ser? Te pasas toda tu adolescencia ansiando una libertad que sabes que no va a llegar. Debes trabajar para vivir, aunque más bien diría que debes vivir para trabajar. Y a callar. Esa gente también quiso una vez ser libre, y luego se acoplaron al sistema viendo que no podían luchar contra él. Pobre gente, que olvidaron el arte. Pobre gente, que dejaron de vivir para embarcarse en una mera existencia. 

Con la guitarra en mano, tirada en cualquier concurrida avenida, yo les veo pasar. Comienzo a tocar cuando veo que se acercan a mí. La mayoría ni se inmuta. Otros me miran con desdén o lástima. Y otros, los que menos, se paran a escucharme y despues me dejan alguna propina, marchándose con una sonrisa y una mirada ávida de volver a ser lo que fueron un dia. Los reconozco. Veo que quieren salir de esa oscuridad que los atenaza día a día. Que quieren vivir del arte, tal como yo vivo. Que no quieren servir por más tiempo a esta sociedad infecta, sino ser uno de sus parásitos y vivir de ella. 

Pero siempre siguen su camino, porque siempre tienen cosas que hacer. Trabajo que atender, hogares a lo que volver, bocas que alimentar. Y mientras, yo no tengo más que a mí misma y a mi guitarra.

Y es que... estoy viviendo por amor al arte.

viernes, 14 de febrero de 2014

La llave

Un día encontré una llave en ese bolsillo olvidado de mi chaqueta. Abrí la cremallera y la vi. Brillante. Solitaria. Esperando por ser encontrada, sin hacer nada por esconderse. Ella sólo estaba ahí. Tomé la llave con cuidado, con cariño, y la devolví adonde pertenecía; la cerradura de la caja donde guardo mis anhelos. Metí la llave y la caja se abrió, y fue como si una luz cegadora saliera disparada. Cuando la luz desapareció, abrí los ojos. Los colores blanco y negro habían sido sustituidos por colores brillantes. El viento parecía música en mis oídos. La chirriante puerta del comedor ya no se me antojaba molesta. Desde mi ventana podía ver las nubes saludarme al pasar. Y entonces volví a mirar la caja y me di cuenta de que no había girado la llave. Que la caja siempre había estado esperando por que yo la abriera. Que la llave no había hecho nada, sólo me dio valor. Que fui yo quien, confiando en ella, decidió restaurar mi vida. Y, a pesar de todo, al mirar la triste llave, pensé: "Gracias". Y después de tanto tiempo, la risa volvió a mí.

martes, 11 de febrero de 2014

En mis sueños

He estado tratando de encontrarte en la bruma, de tomar tu mano mientras te alejas. He estado tratando de correr entre la niebla, de alcanzarte antes de que te vayas de nuevo. En mis sueños he estado tratando de decirte, escucharte, tocarte, sentirte, saber que estás aquí y que no vas a irte. Pero siempre me abandonas, y en mis propios sueños sueño con el día en que por fin me mires y veas. Veas de verdad. Y despierto del sueño en mi sueño, y vuelvo a despertar para volver a la realidad. Los días pesan, el tiempo corta mi piel y me ahoga. Estoy perdida. Siempre lo estuve. Nunca me encontré.